De feminidad y otros asuntos

salmo 139

Les contaré algo que no he contado a muchas personas. Soy una mujer que gusta del cabello corto. Realmente corto. Me lo corté una vez y a los años lo volví a hacer, y aunque me prometí a mí misma no hacerlo de nuevo (porque cuesta mucho que me crezca y es un poco incómodo de vez en cuando), pero recientemente me lo volví a cortar.

La primera vez que lo hice, fue porque perdí una apuesta con mi mamá. Pero, cuando accedí a cortarlo, dentro de mí sabía que había otra razón: Quería demostrarme que podía romper el molde y seguir siendo mujer.

He crecido observando cómo se nos representa a las mujeres. Cabello largo y sedoso, piel tersa, sonrisa perfecta, equilibrio perfecto, elegantes por naturaleza. Pero también he crecido dándome cuenta de que tan equivocadas están esas ideas y lo que causa en nosotras al no llegar a ése estándar.

Ya lo he escrito antes. Nuestra sociedad está tan bombardeada de medidas perfectas, moldes y etiquetas en las que debemos encajar constantemente. Nuestra sociedad nos insta a estar inconformes con nosotras mismas, sobre todo cuando no alcanzamos los ejemplos de perfección que nos da. Para este mundo todas debemos ser iguales.

En Génesis 1:27 encontramos que: “Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó,” y complementándolo con Salmos 139:13: “Tu creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre”. Podemos llegar a una conclusión: Dios, aunque nos creó a su imagen y semejanza, no nos creó iguales a todos.

Dios es un Dios diverso. Al ver su Creación podemos observar que nada es igual. No hay hojas iguales, ni copos de nieve que se parezcan. Aun nuestras huellas digitales son diferentes. Por eso, no es de extrañarnos que nuestro interior, nuestros pensamientos y sentimientos no tengan comparación. Cada persona es un mundo diferente y aunque nos parezcamos, nunca seremos el mismo.

Ahora ¿A que viene todo eso con lo de encontrar mi propia feminidad? Hablaba con una de mis tías y le contaba que unos aretes que ella me regaló son mis favoritos; “me hacen ver femenina”, fue lo que le dije. “Los aretes no te hacen ver femenina, tú eres femenina y ellos realzan que lo eres.” Me contestó ella.

Wow… solo… wow. ¿Cambia todo no?

Nuestra feminidad no depende de nuestra ropa, nuestros accesorios, nuestro cabello, nuestras uñas, nuestro maquillaje, nuestra altura, nuestro equilibrio y todo aquello que se nos presiona a ser. Nuestra feminidad depende de nosotras mismas, de cómo nos sintamos y como pensamos de nosotras.

En ningún lado está escrito que debemos ser de determinada manera, comportarnos de determinada manera y vestirnos de determinada manera para ser mujeres. Somos mujeres porque esa es la esencia que Dios ha puesto en nosotros. Somos femeninas porque es algo inherente en nosotros. Natural. Pero depende de nosotras mismas el proyectarlo. Depende de sentirnos conformes y confiadas en lo que somos.

Pero, ¿Cómo confiar en lo que soy? Ahí, amiga mía, es cuando viene el encontrarte a ti misma en el Señor. Yo  quién soy en Dios. Soy una creación maravillosa, amada, bendecida. Una creación que llevó tiempo y dedicación. Imperfecta pero aceptada y perdonada.

No temamos por no encajar en un molde. Dios no usó moldes para crearnos. No usó etiquetas para darnos identidad. Dios nos acepta tal y como somos. ¿Qué nos detiene para hacer lo mismo?.

Soy una mujer que gusta del cabello corto, uñas de colores eléctricos, del maquillaje y los tacones en ciertas ocasiones, de los zapatos tennis, del té, de los libros, de una buena película romántica y canciones en inglés. Que gusta de ver Super Campeones con su hermano y platicar de superhéroes. Que gusta de reír en alto y el sarcasmo. Que gusta de ver la belleza de Dios en cada cosa y a cada momento.  Sé que no soy la feminidad andando, pero amo mi feminidad, y no me avergüenzo de ella.

Amemos lo que somos al máximo. Si no empezamos por amarnos nosotras, no podremos amar a los demás, y una vida sin amar a nadie es bastante aburrida.

Un gran abrazo y muchas bendiciones.

Carmen Rizzo, Guatemala