De locos y ridículos

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Vestido tan solo con un Efod de lino, se puso a bailar ante el Señor con gran entusiasmo. Así entre vítores y al son de cuernos de carnero, David y todo el pueblo de Israel llevaban el arca del Señor.” -2da de Samuel 6:14-15

Tomémonos un momento para imaginar lo siguiente. Una gran masa de gente caminaba alegremente por el camino principal para entrar a Jerusalén.  Gritos, instrumentos y aullidos de felicidad se escuchaban hasta el palacio de David. Panderos retumbaban y banderas se alzaban al son del baile del mismo Rey, que venía vestido sin la mayor parte de su ropaje real, dándole todo un show a su pueblo. ¿Qué ridiculez, no?

Amigas mías, vengo a contarles uno de los  más maravillosos secretos en esta vida: Nuestro Dios, el creador de los cielos y la tierra, el que sacó a Israel de Egipto, aquel que puso las estrellas en el firmamento, aquel que mandó a su Hijo a morir por nosotros ; sí, ese Dios,  es Dios de ridículos y locos. Déjenme contarles por qué.

Recibir a Dios como nuestro Señor y Salvador es la primera locura que cometemos. ¿Cómo entregar a tu vida a alguien? ¿Cómo creer en alguien que no ves? ¿Cómo creer en sus palabras y promesas en este mundo que va de mal en peor? Creemos por fe, que es “la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve.” Creemos porque confiamos en que veremos lo que no vemos en este momento, y gracias a ello, agradamos a Dios.

Orar es otra locura. Decir al aire tus deseos, tus anhelos, tus necesidades. ¿Acaso hablamos solas? ¿Acaso alguien nos escucha? ¿Acaso es solo el aire quien recibe nuestras peticiones? ¡Claro que no! Mira el dispositivo en el que lees este escrito. Es una bendición. Toma una bocanada de aire, es otra bendición. Mueve tu cuerpo, otra bendición más. Y mira a tu alrededor. Tu ropa, tu vida, cada una de las cosas que anhelaste, si quiera un momento, son producto de la locura de tu corazón. Son producto del creer que las tendrías, de anhelarlas, de pedirlas a Dios. ¿Y te ha quedado mal?

¿Otra locura? Hablar de Dios a otros. Con tan solo contestar un “Gracias a Dios” te pueden ver feo en la calle. Con decir que vas a “x” congregación te tacharán de por vida. La gente te preguntará como puedes creer en algo increíble. Se avergonzarán cuando les hables de las maravillas de Dios en tu vida. Te dirán que muchas cosas no se pueden relacionar con la religión, que debes abrir tu mente, que debes dejar de lado esas historias fantasiosas. Si para ser de este mundo, para ser aceptada, para ser agradable a otros debo dejar de lado mis creencias, mi amor, mi pasión por aquel que cometió la mayor locura de todas, dar a Su único Hijo en cambio de mi vida, prefiero ser tachada de loca y fantasiosa que vivir con el pesimismo del día a día.

Confiar en Dios es otra locura. Ver el panorama del país y pensar “esto se pondrá mejor”. Ver tu vida y declarar “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Ver la violencia y decir “Dios me protege.”

Y la última locura de esta noche, el amar a todos. Amar en vez de insultar. Amar en vez de bocinar. Amar en vez de odiar. Amar y perdonar. Somos unas locas y unas ridículas al sonreír a aquellos que nos ven en la calle. Somos unas locas por amar a esos niños y ancianos sin hogar. Somos unas locas por amar a aquellos que necesitan ayuda. Somos unas locas por amar a quienes son tachados en la sociedad. Somos unas locas por amar a nuestro prójimo.

Hace unos días llegue a una terrible conclusión. Servir a Dios ya no era el mismo por una simple y sencilla razón… deje que mi razón y mi sentido común opacaran mi locura y pasión por Dios. Empecé a preocuparme por lo que otros pensarían y como mantener mi amor por Dios y mi confianza en el al margen de mi profesión.  ¿De qué me sirvió? De nada. Perdí el sentido de mi vida, el sentido de mi profesión, de mi pasión.

Quiero que cuando hablen de mí, me recuerden por las ridiculeces y locuras que hice en el nombre de Dios. De cuando baile en un retiro por puntos (que pena), de cuando me pinté bigotes de conejo para hacer reír a los niños, de cuando abracé a quien lo necesitaba, de cuando sonreí a un extraño en la calle, de cuando hablé del milagro que Dios ha hecho con mi vida. Quiero que me recuerden como a ese Rey David, que venía danzando casi en ropa interior, junto al arca.

Saben, no puedo evitar pensar que junto a David, entre danzas y panderos, entre tambores y banderas, venía también Dios, bailando junto a Rey, saltando de emoción. Si para servir a Dios hay que estar loco, Dios es quien pone el ejemplo.

No sé cómo quieres que te recuerden y no sé cómo quieres que se refieran a ti, pero te puedo asegurar algo: Estar loca por Dios, jamás dejará de valer la pena, y que el loco de nuestro Señor jamás te dejara.

¡Un abrazo a cada una de ustedes!

Carmen Rizzo :D, Guatemala