De oraciones peligrosas y otras advertencias

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De unos años para acá, mi vida ha sido una serie de oraciones peligrosas. Recuerdo que desde que era muy pequeña, escuchaba de gente a mi alrededor que hablaba de las maravillas que Dios hacía en su vida, y no podía esperar a que eso me pasara a mí.

Conforme fui creciendo, me di cuenta que todas esas personas tenían algo en particular: Todas habían entregado su vida completamente a Dios. Esa fue mi primera oración peligrosa: “Padre, mi vida, lo que soy, lo que quiero, todo es tuyo. Haz tu voluntad en mí”. No tenía idea de que era lo que pedía.

Dar tu vida completamente a Dios es fácil. Vivir con las consecuencias de esa oración es la parte divertida del asunto. El “completamente” de la oración implica tus deseos, tus anhelos, tus sueños, TODO lo que quieras que pase en tu vida. No das lugar a que TU voluntad sea hecha, sino que es la voluntad de Dios en tu vida la que se realiza. ¿Pero, qué pasa cuando lo que pido o deseo si se cumple? Bien, ¡felicitaciones! Eso significa que tu corazón y el corazón de Dios están sincronizados a la perfección.

Siempre he sido una romántica empedernida, y me encanta escuchar cuando las personas se casan con la primera persona con la que tienen una relación formal (Su primer y único novio/a). Mi corazón anhela lo mismo, así que con el tiempo, decidí que no solo quería que mis sueños fueran de Dios, si no que mi corazón y mi vida amorosa también. Así que mi segunda oración peligrosa fue: “Padre, que mi corazón te pertenezca solo a ti. Ayúdame a esperar a el hombre indicado para mí, conforme a Tu voluntad y no la mía. ¡Ah! Y si es mi primer y único novio, mucho mejor.”

En ese momento, parecía que sería fácil esperar al hombre de mi vida, pero no contaba con que, siendo joven y soñadora, me seguiría fijando en jóvenes que podían ser potenciales candidatos a mi oración. ¿Lo difícil de esto? Darte cuenta que lo que es perfecto para ti no lo es para Dios. Créeme, he puesto mi vista en chicos que son TODO lo que he pedido al Señor, y Dios con amor, calma y paciencia me baja de la nube y me sostiene en mi desilusión. ¿Te ha pasado lo mismo? Amiga mía, créeme, valdrá la pena la espera. Podrás entregarle al amor de tu vida un corazón completo, lleno de cariño por él. ¿Por qué vale la pena la desilusión? Porque al final sé que Dios es quien está preparando a alguien más para que me ame a mí, como yo le amaré a él. Y lo mismo hace en tu vida.

Mi tercera oración peligrosa la hice a principio de este año. De hecho, es parte de una canción:

“Que tu espíritu me guíe sin fronteras, más allá de las barreras, a donde Tú me llames. Tú me llevas más allá de lo soñado, donde puedo estar confiado, al estar en Tú presencia.”

Esta canción de Hillsong (Océanos, se las recomiendo, por cierto) no solo se convirtió en una de mis favoritas, si no que se volvió mi “oración del 2015”. Ir más allá de las barreras, para mí, es ir a lo desconocido. A un lugar donde no tengo de dónde agarrarme, a excepción de la mano de Dios. ¿Realmente quiero eso para mi vida? Si. ¿Soy lo suficientemente fuerte para lograrlo? Nunca jamás. ¿Se cumplió? Si. ¿Qué me queda? Tomarme de la mano de Dios.

Me he vuelto una adicta a las oraciones peligrosas. De hecho, Jeremías 29:11 se ha convertido en un versículo base en mi vida: Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza.”

Hoy las a que me acompañen en esta locura. No les prometo que será fácil. No les prometo que no vaya a doler. No les prometo que lo que pidan pase rápido. Pero les puedo asegurar que va a valer la pena, las lágrimas, el dolor, porque es Dios quien suple toda necesidad en nuestras vidas. Es Dios quien nos sostiene en nuestra debilidad y se glorifica en nosotros.

Dios es un Dios de aventuras. Un Dios extraordinario, que no actúa conforme el mundo cree correcto, ni conforme a nuestra voluntad. Es un Dios que le gusta cuando tomamos riesgos en nuestra vida, porque eso significa que confiamos en Él.

Así que… ¿Qué estamos esperando? Ores lo que ores, pidas lo que pidas, puedes estar segura que Dios jamás te dejará.

Con cariño,

Carmen Rizzo.

Guatemala