Hay algo más…

amigos

-La vida es buena.- Sentada a la orilla de la piscina, tomando una limonada fría y refrescante, Beatriz recapacitaba de lo buena que era su vida y lo maravilloso que pasaba cada día de su vida haciendo lo que quería y no lo que necesitaba.

Tenía todo: casa, carros,  amigos, novio(s), tecnología, dinero. No podía quejarse más que del clima… del que aún no tenía control pero papi había prometido dárselo pronto. –Si… muy buena.-  Se acomodó de nuevo en la silla de playa y se dispuso a tomar el sol tranquilamente. Esa noche había una fiesta muy importante y estaba dispuesta a llevarse la atención de todos.

Su paz fue interrumpida por el sonido de su celular al vibrar sobre la pequeña mesa de madera que tenía al lado. Estiró perezosamente la mano y revisó la pantalla de su iPhone. Al ver que no había nada, dejo el teléfono de lado para alcanzar el Samsung Galaxy S6 (que aún no había salido pero papi lo consiguió antes de tiempo) y revisó por fin su mensaje.

“Pasaré dejándote el libro que me prestaste en un ratito. Att. Pao.”

Una pequeña sonrisa se asomó en su rostro y suspirando decidió entrar a cambiarse para recibir a su mejor amiga. ¿Por qué eran buenas amigas? No tenía la menor idea. Había algo en Paola que la hacía necesitarla. No solo escuchaba, si no que era buena consejera y la apoyaba en todo… excepto en ir a fiestas. Eso era un no-no con Paola. Terminó de vestirse, se peinó de nuevo y bajó a su sala a esperar la llegada de su amiga.

El sonido de la puerta se escuchó y salió corriendo a abrirla. Compréndanla, hacía dos meses que le había prestado a Paola uno de los libros de su papá sobre filosofía y no la había visto desde entonces. Las criadas la miraron divertidas y continuaron con sus quehaceres.

-¡PAOLA!- Beatriz se tiró a los brazos de su amiga mientras reía al ver a su amiga perder el equilibrio.

-Ugh… ¡sóltame! ¡Yo también te extrañe! ¡No respiro!- Paola reía mientras trataba de alejar a su efusiva amiga de su espacio vital. La verdad era que si la había extrañado bastante. Le hacía falta verla y hablar con ella como antes, pero los estudios de ambas y sus actividades los fines de semana hacían que fuera más difícil ponerse de acuerdo para pasar tiempo juntas.

-Pasa adelante.- Beatriz soltó a Paola y la haló hacia su sala. La sentó en uno de sus muy cómodos y enorme sillones y llamó a una de las sirvientas para que les llevara algo de beber y comer.

-Bien, empecemos- la sonrisa de Beatriz aumentó, si es que eso era posible y concentró toda su atención en su amiga. Aunque debía admitir que el sol que estaba pegando en la piscina le hubiera dejado un muy bronceado IN-CRE-I-BLE. – ¿Qué te cuentas? ¿Te sirvió el libro?

Paola sonrió a la muchacha que les llevó fresco y bocadillos, y dándole las gracias, tomó un sorbo de su limonada mientras trataba de decidir por dónde empezar.

-Bien… Gané todas mis clases, empecé a servir en un nuevo ministerio en la iglesia y tengo un perro nuevo. ¡Ah! Y si, el libro fue de mucha ayuda. Creo que ahora conozco un poco más a Dios gracias a lo que discutimos en uno de mis cursos de teología…”- Paró de hablar al momento en que la mirada de Beatriz y la suya se toparon.

-¿Seguís con esas cosas de la iglesia?- Beatriz dijo sin pensar, y en voz alta…

-Claro que sí, es algo que le da sentido a mi vida.- Paola contestó sin molestia. Era un tema que tocaba con casi todas sus amigas del colegio. Todas trataban de convencerla que había más que iglesia y estudios… y aunque ella lo sabía, seguía firme en su decisión.

-¿Por qué?- Beatriz procuraba no criticar a su mejor amiga, pero… ¿Qué había en la iglesia que la mantenía tan amarrada todo el tiempo? – ¿Hay alguien especial allí?- Beatriz sonrió y movió sus cejas de manera sugestiva.

Paola se sonrojó, pero como toda una profesional evito la pregunta contestando: -¡Claro que sí! Está llena de personas especiales, con dones, talentos y amor al Señor.-

-Pero… ¿Por qué es tan importante para ti? Te has atrasado en tus estudios por servir en la iglesia. Solo te perjudica. Incluso… incluso dejaste de tener tiempo para nosotras, tus amigas.- Beatriz había estado guardando eso es su corazón por mucho tiempo, pero jamás se había atrevido a decírselo a Paola, por miedo a ofenderla.

Pao sonrió. –Sabes, sé que he dejado de verlas por darle prioridad a mis estudios y a la iglesia, eso no quiere decir que haya dejado de quererlas.- Tomó otro trago de limonada antes de proseguir.- Sabes, no puedo evitar pensar que algún día, muy lejano espero yo, llegaré a quedarme completamente sola. Lo que estudio jamás será eterno, mi familia no es eterna, no eres eterna. Pero, sé que aunque ese día llegue, Dios estará a mi lado. Y quiero aprender a conocerlo a Él como te conozco a ti, o a las demás chicas.-

-¿Y para mientras te alejas de todo lo demás?- Beatriz trataba de comprenderla, pero le era difícil entender.

-Claro que no.- Paola suspiró. –Aún hablo contigo, ¿no? Nos juntamos por lo menos una vez al mes, aunque sea unos cuantos minutos. Sirvo con mi familia y he hecho más amigos y me he relacionado más. Claro, he dejado de lado muchas actividades, pero no significa que no tenga vida social. No… no necesito de mucho. Solo con pensar que Dios me sostiene es suficiente.-

-¿Por qué?- Beatriz siempre fue curiosa, pero esta vez era demasiada la armonía. ¿Cómo podía vivir sin las diversiones de los fines de semana (o entre semana)? ¿Cómo podía vivir tan despreocupada, aún sin dinero, sin ropa, sin casas, sin autos, sin todo lo que ella tenía?

-¿Por qué?- Paola sonrió de nuevo. –Porque hay algo más que todo esto, Beatriz. Hay algo más que fiestas, que libros, que ropa, que autos, que dinero. Hay algo más que vida. Hay algo más que mi imagen. Hay algo más que mis sueños. Hay algo más que amigos y familia. Hay algo más que yo. Mi relación con Dios da sentido a mi vida. Es mi amigo y cada vez voy conociéndolo más a Él y a este “algo más” que me acompaña día a día.- Paola terminó de hablar y el silencio se apoderó de la sala. Paola comió los bocadillos y cambió el tema. Sabía que había dicho algo que marcó a su amiga, porque aunque le contestaba animada, sus ojos mostraban esa curiosidad y hambre de saber.

Unas cuantas horas más tarde las amigas se separaron. Paola continuó su camino para la iglesia y Beatriz se arregló para su fiesta. La noche pasó como todas las demás. Nada nuevo ni novedoso, excepto por un pequeño pensamiento: “Hay algo más”. Regresó a su casa y no pudo evitar pensar en lo insegura que se sentía.

Muchos meses pasaron antes de que las buenas amigas pudieran volver a verse. Sin embargo, Beatriz aún escuchaba frescas las palabras de su amiga: “Hay algo más”. Cada mañana, sentía como su alma buscaba algo que ella no podía ver, y cada noche, antes de dormir, sentía que había un propósito esperándola.

Poco a poco fue empezando a interesarse por aquel Dios que conoció de pequeña. Aquel que pintaban como un abuelito sentado en un trono, viendo a su creación con amor, pero distanciado. Fue recordando historias de héroes bíblicos y parábolas de Jesús. Su sed de conocimiento no era suficiente para saciar la curiosidad que se levantaba en ella cada vez que leía su nueva biblia.

Paso a paso fue conociendo a un Dios distinto. Un Dios amoroso, fuerte, misericordioso. Sin embargo no era suficiente. Deseaba hablar, comentar, discutir. Sus fiestas fueron quedando de lado cuando empezó a juntarse con jóvenes de una iglesia de su universidad. Lo material dejó de importarle el momento en que sintió por primera vez la seguridad del Espíritu Santo en su vida. Todo racionalidad dejó de tener sentido cuando sintió el amor de Dios y un par de brazos fuertes rodeándola y abrazándola con delicadeza y amor.

Una mañana de domingo, Paola entró al templo de la iglesia de muy buen humor. Había algo en su corazón que le hacía pensar que algo bueno estaba a punto de pasar. De pronto, una voz conocida llegó a sus oídos y aumentó su paso para llegar frente al púlpito rápidamente, llegar a donde la voz provenía.

-¿Beatriz?- Paola la veía frente a ella, con una biblia en la mano, hablando con uno de los líderes de jóvenes y sonriente. No pudo evitar tirarse a los brazos de su mejor amiga y abrazarla con todas sus fuerzas. -¿¡Qué haces aquí!?-

Beatriz sonrió ampliamente y le devolvió el abrazo.  –Tenías razón,- le contestó a Paola, -Si hay algo más. Hay MUCHO más.-

HAY ALGO MAS

Con cariño,

Carmen Rizzo, Guatemala