Una cita Divina

Cuando llega la oportunidad de tener una cita y una pareja de enamorados toma la decisión de formalizar el compromiso, regularmente el novio escoge un lugar romántico, hoy en día hay muchos lugares especiales con todos los detalles para la ocasión. No pueden faltar las flores, pétalos, alguna bebida especial y música de fondo. Por supuesto, que es para estar a solas y en la intimidad del momento, aparece una caja pequeña y al abrirla, un precioso diamante o cualquier otra joya. Aunque el  valor no es el detalle. Sino lo que representa. Para ella es un momento de ensueño y no deja de haber una lágrima.  Es un momento que no  olvidarán. Es el inicio para formalizar la relación, donde dio fruto el amor.

En el Nuevo Testamento en el libro de Juan 4: 4-30; 39-40, encontramos una historia de la vida de Jesús en Samaria, donde una vez más vemos el amor del Mesías hacia la humanidad.  Una cita divina está por iniciar, entre Jesús y una mujer samaritana desconocida. El escenario no fue una mesa con flores ni camino de pétalos, ni mucho menos velas sino algo muy rústico, el clima, con altas temperaturas, el lugar, un pozo de agua. Muy simbólico porque era un pozo de agua de la época de Jacob.

Por supuesto que Jesús sabía que pasaría con su visita al pozo de Jacob. La fecha es el año 30 d. C. aproximado. El lugar es Sicar, un pueblo de Samaria, donde una mujer que no sabemos su nombre, sufrió un cambio radical en su vida, a tal punto que esa historia es de suma importancia y llega a ser narrada en la Biblia. Esta mujer por el estilo de vida que tenía era despreciada por los mismos samaritanos. Su conducta dejaba mucho que desear. No necesitamos entrevistarla para saber su situación, era infeliz, no encontraba el amor en los hombres. No había amor verdadero en su vida.

Cuando ella llega al pozo, se sorprende ver a una persona, la hora nada romántica, era medio día, la alta temperatura no permitía estar en el pozo, el calor era insoportable, solo ella podía aguantar ese calor, no tenía alternativa de llegar a otra hora, porque nadie llegaba a sacar agua al pozo en la hora de más calor y por lo tanto, de esa forma no escuchaba insultos o desprecios de la gente. Ella reconoce que es un judío el hombre que está en el pozo. El desconocido le pide agua y ella responde… ¿Cómo tú siendo judío me pides de beber, si soy mujer samaritana? Pero Él le responde que le puede dar una clase de agua que da vida y que si supiera quién es el que le habla, ella le pediría a él de esa clase de agua. Que cualquiera que la bebiere no tendría sed jamás, y ella le pide de esa clase de agua.

Jesús le dice: ¡llama a tu marido! y la mujer responde que no tiene. Bien has dicho, dice Jesús, porque cinco maridos has tenido y el que vive contigo no lo es. La mujer se sorprende y le pregunta a Jesús si es profeta. Él continúa hablándole y ella concluye que vendrá un Mesías y Jesús le responde con un “YO SOY”. Se imaginan a la mujer, tener frente a ella al Mesías esperado. Jamás en su vida se pudo imaginar que ese hombre transformaría su vida llena de pecado. Aquella mujer víctima de insultos, burlas y desprecios, tenía frente a sus ojos al Hijo de Dios, que enorme privilegio le concede el Señor Jesús. Ella le cree y su corazón se acelera por dar la noticia en el pueblo, deja su cántaro su tesoro terrenal, va corriendo a dar las buenas nuevas al pueblo, la escuchan y acuden a ver intrigados al Mesías.

Jesús compartió y demostró una clase de amor que es eterno, que no excluye a nadie y da oportunidad a lo más despreciable de la sociedad. Esta mujer se convirtió en la primera misionera del evangelio de salvación, ella lo había experimentado y creyó en el Mesías. Jesús perdona y levanta al caído, es un Dios de oportunidades, su amor es tan grande que dio su vida a cambio de la nuestra.

¿Cómo pudo haber sido la vida de la Samaritana después que Jesús se fue?  Un cambio radical, una nueva vida en Cristo. ¡Encontró el verdadero amor! Lo que tanto buscó, Dios se lo concedió, sería una clase de amor sin ataduras, eterno y perfecto. Por primera vez en su vida tendría paz.

Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.  Juan 4:14

Esta historia nos enseña, que no debemos despreciar a nadie, que la experiencia de conocer a Jesús es lo más grande en la vida de un ser humano. Así que, vivamos agradecidas por ese regalo de salvación. Hay privilegios especiales para nosotras, si le seguimos incondicionalmente. Es importante que compartamos públicamente de su amor a la humanidad. ¡Imitemos a la samaritana transformada, en divulgar las buenas nuevas de salvación! porque ella simplemente le creyó. Nuestra cita divina es con Jesús de Nazaret.

La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla. Juan 4:15

Con amor en Cristo

Lesbia de Tobías, Guatemala

Julio 2017