El pecado es el sustituto barato que el ser humano ha preferido para hallar satisfacción y saciar su corazón, sin embargo, sólo Jesús puede satisfacer nuestro corazón.

No existen categorías que clasifiquen el pecado en: no tan malos, malos o terribles… cualquier pecado que cometamos se encuentra en la misma línea. El pecado ofende a Dios, ya sea una mentira, orgullo, ver pornografía, odio, adulterio, robo, falta de perdón, asesinato, chismes, incredulidad o cualquier otro pecado que puedas pensar, producen el mismo efecto y nos conducen a muerte.

Estamos diseñadas con un enorme anhelo de ser amadas y aceptadas, que siempre corremos tras algo o alguien que creemos puede contribuir a llenar ese vacío, porque anhelamos sentirnos completas y felices.

Es entonces que el pecado llega a tocar la puerta de nuestro corazón y nos da un discurso poco elaborado de cómo podemos ser felices si le damos la oportunidad de hacerlo a “nuestra manera” y de pronto como le sucedió a Eva, escuchamos la voz que nos dice que no pasa nada y qué podemos intentarlo, que si nos hace felices entonces es bueno, pero la satisfacción que ofrece es pasajera y trae consecuencias que pueden ser muy graves.

Estar en pecado es como estar sentenciadas a muerte y tener todas las pruebas en contra nuestra.  Es un camino que nos lleva fuera de la presencia de Dios y nos hace sus enemigas. No existen las personas buenas que no pecan, todos pecamos de diferentes maneras, de hecho, los cristianos pecamos!! pero aborrecemos nuestro pecado y nos arrepentimos, necesitamos de su perdón y su misericordia a diario, porque el pecado ofende a Dios y nos separa de Él.

Si nos examinamos a nosotras mismas con sinceridad podemos identificar esas áreas donde somos débiles y ver cara a cara a nuestro propio enemigo, ese que desde el principio ha querido destruirnos y tomar nuestras vidas.

Como cristianas muchas veces podemos caer en la trampa y pensar que, porque vamos a la iglesia, asistimos a un grupo o servimos en la congregación, no podemos pecar o no pecamos. Al contrario, es cuando más peligro corremos y cuando más distraídas y vulnerables somos.

El pecado es nuestro enemigo y juega sucio, hace trampa y conoce nuestras debilidades. Es por eso que debemos estar alerta y depender del Señor. Hebreos 2:1 NVI dice: Por eso es necesario que prestemos más atención a lo que hemos oído, no sea que perdamos el rumbo.”

Tómate un momento y examina tu corazón. Si has identificado algún pecado, este es el momento para que te arrepientas y lo confieses delante del Señor, 1 Juan 1:9 dice: Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad.

Jesús es el único que puede satisfacer nuestro corazón y darnos felicidad completa. Mientras esta vida dure, tendremos aflicción y lucharemos contra el pecado, pero Él ha prometido estar con nosotras siempre (Mateo 28:20), entrégale al Señor tus debilidades y pídele ayuda al Espíritu Santo (Romanos 8:26) para estar alerta y confesar tu pecado inmediatamente. No dejes que tu enemigo tome ventaja y te aparte de Dios, recuerda que en Cristo eres más que vencedora (Romanos 8:37), pero separadas de Él nada podemos hacer (Juan 15:5).

Sigue adelante porque nuestra recompensa es Cristo y estamos juntas en esta lucha donde la victoria es segura por medio de Él.

Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” Romanos 3:23

Con mucho cariño,

Vicky del Cid,

Guatemala, Junio 2018