Botella de agua

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Era una tarde calurosa y húmeda. Para hacer diferente mi almuerzo, decidí llevar a la Universidad limonada en vez de agua pura en mi pachón (botella). (¿A qué viene esto? Ya lo entenderán.) Comí y disfrute la limonada mientras estaba en clase para mantenerme despierta y hacer diferente mi tarde.

Al terminar mi limonada (y mi jornada de estudios) sentí la necesidad de tomar algo más. Así que me puse a pensar en mis opciones. ¿Quería café? Nah, mucho calor. ¿Té? Nop, no era el momento adecuado de disfrutar un té. ¿Una gaseosa? Ahmm, probablemente. ¿Agua pura? Sí, pero no… ¿Un helado? ¡SI! Eso era.

Así que aprovechando que hay una heladería de renombre cerca de mi centro de estudios fui con unos amigos a comprar mi helado. Como ya era tarde y debía regresar a casa, y aprovechando que el helado iba en vaso, emprendí mi regreso.

El tráfico estaba pesado y el calor no ayudaba en nada. Tomaba mi helado feliz y contenta pero… me di cuenta que no era lo que quería. Así que tomé un poco de la gaseosa que llevaba al lado (porque era una mezcla de helado y Coca-Cola) y tampoco me sentí contenta con eso.

En ese momento, nada satisfacía a mi sed. Tomé más de mi helado y aunque me gustaba, seguía sin ser lo que esperaba. Tomé más gaseosa y más sed me dio. ¿Qué era lo que quería? Agua Pura. Agua que tuve oportunidad de comprar más de 5 veces y no lo hice.

¿A qué viene esta extraña historia sobre mis decisiones de bebida? Bien, les contaré. Justamente, ese día de regreso a mi casa, mientras moría de sed me di cuenta que al igual que yo rechacé el agua pura, muchas veces así rechazamos a Dios de nuestras vidas.

Muchas veces deseamos algo que de “sabor” a nuestra existencia y emprendemos una especie de búsqueda. Pensamos que el arte, la música, nuestros estudios, nuestros placeres, los videojuegos, las películas, los libros, uno que otro vicio e incluso nuestras familias o amigos nos llenarán y harán que nuestra vida sea especial.

Sin embargo, aunque muchas de estas cosas sean agradables para nosotros no serán suficiente, o talvez no sean la mejor opción, o puede ser que aunque las disfrutemos, dejen un vació en nosotras, y continua la necesidad de encontrar algo más que nos llene y satisfaga por completo.

El agua pura de estos casos es Dios. ¿Cuántas veces no tuve la oportunidad de comprarme una botella de agua pura fría? Probablemente la hubiera disfrutado más que mí helado en medio del tráfico, pero por pensar en que quería disfrutar algo diferente, la dejé de lado.

¿Cuántas veces no he dejado a Dios de lado por hacer lo que me place? Creo que ya perdí la cuenta. He ido y venido. He hecho y deshecho, pero algo puedo tener por seguro, siempre y cuando hago mi voluntad y dejo a Dios de lado en mi vida, siento un vacío enorme dentro de mí.

¿Es posible que Dios aún me quiera aunque le haya fallado así? De eso tengo certeza absoluta, Dios aún nos ama, aunque fallemos y lo olvidemos, Él siempre está esperándonos con los brazos abiertos. Él es lo único que calmará la sed en nuestras vidas.

Mi esperanza esa tarde era llegar rápido a mi casa para tomar un esperado vaso de agua. Mi esperanza cada día es regresar a los brazos de Jesús para que me llene, me refresque y me fortalezca con su presencia y su Espíritu.

Así que, no solo tomemos agua pura, si no que hagamos lo extraordinario para llenarnos de Dios cada día de nuestras vidas.

Un gran abrazo a todas, bellas

Carmen Rizzo, Guatemala