Jesús, un nombre que confronta nuestras conciencias

“Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios.  Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo”.  (Mateo 26: 63-64)

En la historia han existido hombres y mujeres de renombre que han influido de manera especial a la humanidad, trascendiendo su legado a varias generaciones.  Sin embargo, ninguno de ellos, por mayor proeza que haya hecho, ha podido impactar tanto a la raza humana como lo ha hecho Jesús de Nazaret. Amado por unos, odiado por otros, Jesucristo está presente en cada período de la historia, marcando la vida de millones e influyendo el camino de la humanidad. ¿Puede ser posible esto para un simple mortal?

Jesús nunca ocultó quien era: Él era el Cristo, el Hijo de Dios que tenía una misión especial: rescatar de la muerte eterna a la humanidad, la cual se obtuvo por el pecado en el jardín del Edén:

“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”. (1ª. Corintios 15: 22)

Jesucristo era el único que tenía la posibilidad de pagar el alto precio de rescate por la humanidad, por lo que decide despojarse de Su gloria y venir al mundo en condición de siervo y derramar hasta la última gota de sangre a fin de que la deuda quedara cancelada:

“Que haya en ustedes el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús, quien, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó de sí mismo y tomó forma de siervo, y se hizo semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. (Filipenses 2: 5-8)

¡Entonces Jesús era el Hijo de Dios! Pero… ¿Por qué semejante sacrificio por una creación ingrata?  El sacrificio de Jesús es muestra de la naturaleza de Dios que es el amor:

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. (1ª. Juan 4: 10)

Es entonces, que por amor Jesús se entrega a la máxima humillación y sufrimiento a manos de su propia creación. Sometido a un castigo extremo de manera injusta, Jesús fue como un cordero llevado al matadero.  A pesar de ello, se mantuvo firme hasta el final para cumplir el plan de redención que junto con el Padre habían establecido.

Por sus enseñanzas y su sacrificio, Jesús jamás pasará desapercibido por la humanidad, aun por aquellos que se niegan a ser comprados por el precio de su sangre.  Tan solo su nombre tiene poder… “Jesús, Jesús”, un nombre que confronta nuestras conciencias, que evidencia nuestra naturaleza pero que es capaz de transformar lo más profundo de nuestro ser.

Pero no solo son sus enseñanzas y sacrificio por las que Jesús no pasa desapercibido. Jesús ha hecho la mayor de las proezas: levantarse de la muerte.  Quienes no quieren reconocer quien es Jesús y lo que ha hecho por todos nosotros, han tratado y tratan de borrarlo de nuestros labios, de eliminar su nombre de los libros y las leyes, pero no podrán.  No lo lograrán porque Jesús ha vivido desde el principio, vivirá por siempre porque es Dios, y aún más, regresará con poder y gloria. Como le dijo al sacerdote: “…desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Mateo 26:64)

No obstante, a pesar de la testarudez de la humanidad, Jesús no vino a condenar como Él mismo lo dijo, sino a dar salvación y vida eterna.  En su sangre vertida en la cruz, encontramos amor, perdón, restauración y paz. Eso no significa que no habrá problemas, después de todo vivimos en un mundo de pecado, pero Jesús nos da una promesa:   “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”. (Juan 16:33).  Así que podemos tener la certeza que a través de la muerte de Jesucristo, nosotros obtenemos victoria sobre el sufrimiento del mundo y la muerte.

Recordemos siempre el valor de su sacrificio

En Semana Santa podemos tener la oportunidad de conmemorar de forma especial, la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, pero no perdamos nunca de vista que su legado trasciende a estas fechas.

Si aún no has recibido la salvación que Jesús tiene para ti, este es el momento.  No tienes nada que hacer ni pagar, porque la deuda ya está cancelada; lo único que requiere Jesucristo de ti es tu fe:

Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”. (Romanos 10: 9)

Esta confesión de fe puedes hacerla a través de una sencilla oración en donde estés:

Señor Jesús, reconozco que soy pecador pero creo que tú has pagado el precio de mis pecados en la cruz y estás vivo.  Te recibo como mi Salvador; vive en mi corazón y transforma mi vida. Amén

Con amor,

Tania Zepeda

Guatemala

Abril 2019

Bella por gracia