Siendo débil me fue mejor

SIENDO DEBIL ME FUE MEJOR

No sé si fue la generación de mis bisabuelos, abuelos o padres que pensaban que debíamos ser fuertes no importando la situación. No sé si son reglas antiguas, un lema o algo nuevo. No sé si es por los superhéroes de Marvel© o los de DC Comics™ o los personajes de Disney que a veces parecieran no conocer la palabra debilidad. Pero sí sé que yo no debo seguir estos parametros para ser aceptada.

Tenemos la fortaleza en un pedestal. Cuando vemos a una persona «fuerte» (Mejor conocida actualmente como persona que no llora delante de los demás o cuenta sus problemas…) automáticamente pensamos “¡Wow! ¡Qué fuerte! ¡Ya quisiera yo poder ser así!”. En algún punto de la historia, en algún momento de la vida, aprendimos que debíamos ser “fuertes» para ser admirados. O tal vez no buscamos admiración, sino mera aceptación. Incluso, podría ser nuestra forma de protegernos y construir una pared entre nuestros sentimientos y las demás personas.

Tanto asombro ante la actitud de fortaleza ha dejado un efecto negativo en la sociedad. Si ser fuerte es bueno, ¿ser débil…es malo? Tal parece que la vulnerabilidad es vista como una característica que debemos evitar.

Yo he tenido la necesidad de gritar. De llorar. Quebrarme. De decir que ya no puedo más. De pedir un abrazo fuerte. Yo he querido decir que siento que pierdo la batalla; Que ya quiero que todo termine. Y sé que no soy la única. Sé que TODOS nos sentimos así a veces. Todos necesitamos poder expresarnos sin sentirnos culpables. Sin sentir que estamos haciendo algo malo.

No es algo fácil de hacer…No queremos que el mundo conozca nuestras batallas. No queremos que sientan lástima. Porque…Una hija de Dios siempre encuentra fuerzas en ÉL, ¿cierto? “Los demás no pueden ver que me siento mal, yo debo estar siempre feliz porque Él es la razón de mi felicidad”. No queremos que nos vean desesperados, ansiosos, o con miedo, porque eso sería no confiar en Él, ¿verdad? Así pensaba yo. Pasé mucho tiempo fingiendo sonrisas que no encajaban. Respondiendo «Estoy re bien» cuando por dentro gritaba «¡Ya no puedo más!». Tantos sentimientos escondidos por el miedo al qué dirán o peor: ¿Qué dirá Dios?

Pero ahora sé algo que antes ignoraba…

Yo mido mis amistades según la confianza que tengo de ser yo misma delante de ellas. Considero muy buenas amigos a aquellos con los que puedo reír y llorar en un mismo día. Con los que no tengo que ocultar mi enojo o felicidad. Puedo decir lo que quiera y expresarme sin tener miedo de que me rechazarán o pensarán que soy patética. Tan refrescante que es tener amigos así…

Dios es igual. Dios, como el mejor amigo que podemos tener, espera lo mismo de nosotros. Pasamos , literalmente, todo el tiempo con Él. Sabe absolutamente todo de nosotros y es el que más nos ama. Acercarte a Él con lágrimas en los ojos y dolor en tu corazón NUNCA lo alejará de ti. Ni por que lo hagas mil veces al día. Sus brazos siempre están abiertos para recibir a aquellos que no tienen miedo de ser ellos mismos delante del Padre, pues le demuestran que confían en Él. Es más, yo creo que una sonrisa aparece en el rostro de Dios cuando expresamos que no nos llamamos «hijos» por costumbre, sino porque realmente lo vemos a Él como nuestro Papá.

Yo reconozco que mi fuerzas vienen del Señor. El salmo 73:26 es de mis favoritos: «Puede fallarme la salud y debilitarse mi espíritu, pero Dios sigue siendo la fuerza de mi corazón; él es mío para siempre. (NTV)» Pero reconozco que aunque mis fuerzas SÍ vienen de Él y Él me es suficiente, hay días en los que simplemente necesito llorar y tener la libertad de hacerlo.

No necesitas ocultar tus lágrimas cuando te acercas a Quien conoce tu dolor. En NINGUNA parte de la Biblia encontrarás a Dios diciéndote “No llores, no muestres que eres débil a los demás”. Es más, nos manda a llorar con los que lloran (Romanos 12:15). Porque Dios sabe que las lágrimas son muuucho más que «debilidad», son la representación de la fuerza de un sentimiento. Y si algo nos importa tanto como para hacernos llorar, entonces a Él también le importa. Las lágrimas son oraciones silenciosas, pero tienen un gran poder de mover el corazón de Dios.

Con esto, no te digo que llores todo el día y andes deprimida por la calle gritando sin consolación. No, para nada. No estoy invitándote a no sonreír toda tu vida solo porque “te sientes mal”. También debemos tener cuidado de no quitar nuestra vista de Él y el regalo de la salvación. (¡Suficiente razón para tener gozo!)…Pero SI quiero que sepas que si en algún momento de tu día necesitas llorar, puedes hacerlo. Si necesitas un abrazo, pídelo. Si necesitas que alguien te escuche, busca a alguien que tenga un corazón dispuesto.

Y no le hablo solo a las que están del lado del llanto, sino también a los que tienen la maravillosa oportunidad de ser consoladores. Mateo 5:4 dice: “Dichosos los que lloran, porque serán consolados.” Hay dos tipos de personas aquí: los que lloran y los que consuelan. En Juan 14:26 vemos cómo Jesús nos explica que el Espíritu Santo quedó con nosotros y es nuestro consolador. Así que cuando nos encontramos con alguien que necesita apoyo, tenemos el privilegio de ser como Él y consolar. No es una carga o molestia…¡Es un PRIVILEGIO! (Además, si alguien te busca para consuelo, esa persona demuestra tenerte confianza y eso es en sí un honor…)

-> Siempre recuerda correr a Él antes de correr a otro lado. Que en Sus brazos encuentres Tu refugio y sea Él tu roca eterna. No hay necesidad de fingir fortaleza, ser “débil” en los brazos correctos es una bendición.

Un fuerte abrazo,

Gina Zanuncini, Guatemala.