Joanna – Corazón de misionera

Joana fotoDesde antes de nacer, las raíces de la fe estaban sembradas en mi historia. La abuela paterna de mi mamá fue una de las mujeres que trajo el movimiento pentecostal a su departamento en Suecia. Mis cuatro bisabuelos maternos servían a Dios cantando, tocando guitarra y predicando. Mis abuelos maternos también fueron creyentes y mi abuelita continuó la tradición del canto y el tocar guitarra. Fue una mujer increíble de intercesión! No sé mucho de los abuelos de mi padre, más que su procedencia holandesa y estadounidense, pero mis abuelos fueron misioneros en Ometepec, México donde fundaron más de 70 iglesias y murieron como mártires. Mis padres también son misioneros y aunque mi papá ya había estado en varios países llevando el evangelio, al casarse con mi mamá fueron a Acapulco por tres años a servir a Dios. En 1988 se mudaron a la Ciudad de Guatemala para trabajar en la escuela bíblica Cristo para las naciones. Siguen en Guate después de 25 años de ministerio.

Yo nací en San Diego, California, crecí en Guatemala desde los 4 años de edad. Desde los 3 años de edad, comencé a cantar y no lo he dejado de hacer. Me encantaba ir a la escuela dominical sin importar la iglesia en la que nos encontrabamos. Pero a los 10 años ya me sentía muy grande para eso, así que empecé a ayudar a los maestros. De adolescente comencé a viajar con mi mamá a El Salvador y Honduras a cantar cuando ella predicaba en iglesias y a predicar en servicios de jóvenes. También cantaba en el grupo de alabanza del colegio de hijos de misioneros donde asistía y de algunas de las iglesias donde frecuentábamos. E iba a todos los congresos y conciertos cristianos a los que podía ir. Estaba involucrada en grupos de evangelización con dramas, danzas y testimonios, de puerta a puerta, y traduciendo para grupos que venían a evangelizar desde los Estados Unidos. También fui líder en un encuentro (una de mis experiencias más inolvidables!).

Pero no todo fue color de rosa… tengo dos hermanas mayores, y dos hermanos menores. Para una familia misionera independiente, con apoyo económico de las personas que sentían que querían apoyar el trabajo de mis papás donde miraban que había necesidad sin importar denominación, no había un sueldo fijo mensual y todo era confiar en la provisión de Dios. Esto afectaba a mis hermanos y a mí en que éramos entre los más pobres de nuestro colegio. Cuando llegaba mi papá a traernos, todos sabían porque se oían las fallas del carro desde lejos y a veces ni cerraban bien las puertas. En nuestras loncheras teníamos las marcas más baratas de galletas y sandwiches sencillos que nos daban vergüenza. Tampoco siempre fui la persona extrovertida que soy hoy, alrededor de los 12 años de edad, era muy insegura, pero mi mejor amiga, mi mamá y mi hermana mayor me ayudaron a enfrentar mis miedos, y desde entonces, ha mejorado mi autoestima. En cuanto al tema de los chicos, siempre me habian gustado, y anhelaba al que Dios me tenía, pero sólo tenía amigos. Mis amigas tenían novios pero yo no. Y aunque no quería una relación pasajera, añoraba conocer al hombre con quien me casaría. Estaba confundida porque sí había chicos interesados en mí, pero no querían nada serio. No entendía por qué, esto puede haber sido parte de mi afán por ser amada.

En la casa no todo era perfecto, a pesar de todo lo que Dios hacía a través de mis padres. (No se trata de nosotros cuando Dios toca vidas. No es nuestra perfección la que toca almas, es el Espíritu Santo a través de una vida dispuesta y el hambre del alma que espera el toque de Dios.) La peleas entre mis padres eran constantes y después de la muerte del hermano de mi mamá, mi mami entró en una depresión empeorada por pastillas para el dolor y para dormir después de una histerectomía. Hubo un tiempo en el que yo no soportaba estar en la casa. La adicción de mi mamá y el estado irreconocible al cual en un tiempo entró hizo que me mantuviera ocupada para distraerme de la realidad que no podía arreglar. Pero nunca cuestioné mi fe.

El momento en el que todo cambió fue cuando me encontré con una sociedad fría y analítica, pero fue uno  de los tiempo que más fortaleció mi confianza en Dios. En agosto del 2001, a los 18 años de edad, me mudé  a Suecia a estudiar teología en la universidad. Algo curioso me sucedió al estudiar la biblia tan a fondo. Me fijé que son probables un sin fin de fallas. Que la Biblia fue escrita por hombres, los libros escogidos por hombres y las palabras traducidas por hombres. Al saber más de un idioma, uno se fija que las traducciones correctas son esenciales para que un mensaje se transmita con precisión. Pero al analizar esto, llegué a la certeza que la Biblia es la Palabra de Dios. Sabes por qué? Por que a pesar de todos los errores humanos que parecieran probables, por medio de las palabras de la Biblia yo había visto personas sanadas, levantados de la muerte, gente liberada de demonios, personas transformadas, etc, etc… hay tanta evidencia de que la Biblia es la palabra de Dios, que las personas que lo produjeron sólo fueron vasijas para que el Espíritu Santo los guiara en escribir, escoger y traducir Sus palabras de vida! Pero ese tiempo de soledad (la cultura sueca es muy diferente a la chapina), de conocer a personas ateas, y de preguntar si la Biblia era divina cimentó mi fe.

Mi siguiente aventura fue probar la libertad como no la había probado. En Estados Unidos estudié mis últimos dos años de universidad de Tulsa Oklahoma y me gradué con una licenciatura en Comunicación organizacional interpersonal. En ese tiempo me junté con chicas con las mismas debilidades que yo. Esto hizo que buscábamos a Dios en los servicios de nuestra universidad cristiana y en la iglesia los domingos, e incluso leíamos la Biblia a diario, pero teníamos un vacío que buscábamos llenar. Ese vacío era de la atención masculina. Yo no me había fijado que no me valoraba como debía hasta ya estar casada.

La misericordia de Dios es tan bella porque despueś de salir de mi última relación dañina, conocí a mi esposo. La primera vez en mi vida que estaba cansada del sexo masculino. No quería nada. Cuando había perdido las esperanzas y no estaba en busca de nada. Dios lo puso en mi camino.

Antes de graduarme había comenzado a buscar trabajos pero como requisíto pedían una maestría en Trabajo Social. Así que fui a estudiar a Michigan con una amiga de la U, pero Dios me redirigió. Resultó que había aplicado al semestre equivocado pero me permitieron probar un curso. En ese curso me fijé que debía estudiar en el mismo país donde quería trabajar ya que el trabajo social depende de aplicar leyes de cada país. Ya que no pensaba trabajar en Estados Unidos, y el único trabajo que conseguía era de vender celulares, después de 6 meses trabajando 6 días a las semana 9 horas al día, parada, tomando cuatro horas de bus diarias, me regresé a Guatemala, a la casa de mis papás. Conseguí un trabajo enseñando inglés a empresarios y luego de consultora de negocios. También saqué mi título de Traductor Jurado. En ese tiempo estaba en la escuela de liderazgo de una iglesia y tuvimos un día deportivo. Un amigo de la escuela de liderazgo invitó a unos tres amigos de otra iglesia y al invitarlos a unirse a los juegos, conocí al amor de mi vida.

Ocho meses después nos casamos y después vino nuestro primer hijito, Tito. El estar en la casa de mis suegros en un cuartito era una prueba para mi paciencia. Por supuesto que quería estar con mi bebé, pero me sentía algo inútil al no ayudar con nuestros ingresos. Al igual que extrañaba ministrar. Comencé a trabajar un poco dando clases de inglés. En el 2009, fui con mi nene, a la boda de mi hermana en Suecia. Mi abuelo me engañó para ir a una entrevista para pastora de jóvenes a una iglesita luterana en su pueblo. Dios sabía lo que tenía planeado. Algo pasó en esa capilla y hubo una química con ese comité. Regresé a Guatemala y no le dije nada a mi esposo. Unos días después me preguntó qué pensaba de mudarnos a Suecia. Entonces le conté. Ángel (mi esposo), oro a Dios señal tras señal, y Dios se las confirmaba. Así que fui ordenada, regalamos todo, y nos mudamos a Falköping, Suecia. Ángel dejó un buen trabajo donde había invertido 5 años, sus estudios de maestría de ingeniería industrial y a toda su familia, pero sobre todo teníamos paz.

Dios ha sido fiel con nosotros! Angelito (Tito) ya casi tiene 6 años y ahora tenemos otro nene, Sebastián que tiene 2 años. Han sido una gran bendición que me ha hecho crecer mucho como persona y entender mi anhelo de trabajar con niños. Y ahora Dios poco a poco está abriendo camino para que comience un ministerio para alcanzar a niños refugiados, e hijos de adictos y darles un hobby de aprender la palabra de Dios de una manera divertida. Mi complemento en todo, Ángel, está estudiando y constantemente pedimos la dirección de Dios en nuestras vidas.

Con amor,

Joanna Wood de García, Suecia.