Cuando Jesús fue crucificado, sus discípulos quedaron devastados y muy confundidos. Dos de ellos que salieron de Jerusalén camino a Emaús discutían sobre todo esto aunque seguían sin entenderlo. Ellos pensaban que Jesús iba a redimir a Israel, pero su esperanza se había esfumado a pesar que algunas mujeres habían dado testimonio del anuncio de ángeles sobre que Jesús estaba vivo (Lucas 24: 21-23). Estos hombres aunque habían seguido al Maestro, les resultaba imposible pensar que alguien se levantara de entre los muertos.
En esa caminata, un hombre se les unió y al ver su tristeza y confusión les comenzó a relatar como las profecías bíblicas habían anunciado sobre todos estos hechos previo a que el Cristo recibiera la gloria. Durante todo el trayecto, no pudieron ver que era el mismo Jesús quien les hablaba, fue hasta que bendijo los alimentos que se dieron cuenta. Después, ellos confesaron que sus corazones ardían cuando les relataba la palabra. Sin embargo, su incredulidad era más grande a tal punto que no pudieron reconocer a Jesús físicamente.
Llevándolo a nuestra propia vida, ¿cuántas veces no hemos podido ver el poder de Dios actuando, simplemente porque nuestra angustia y falta de fe no nos lo permite? Incluso nos quejamos de que Él está lejos y hace oídos sordos a nuestras súplicas, cuando en realidad, siempre ha estado ahí, interviniendo para que no caigamos en el precipicio.
Al igual que estos dos discípulos, la duda nos puede enceguecer y llevarnos a sufrimientos innecesarios. Es imperante que estemos dispuestos a escuchar Su palabra para conocer sus promesas y aferrarnos a ellas, así como entender que Dios está por encima de cualquier circunstancia, y que para verlo a Él, tenemos que usar los ojos de la fe.
Oración: Señor, ayúdame en mi fe, a poder verte en mi vida aún cuando las circunstancias sean desfavorables, a entender que siempre estás presente y que vas más allá de cualquier razonamiento humano. Que tu palabra me guíe para entender tus promesas y que mantenga la certeza en todo momento que eres Dios Todopoderoso.
En el amor de Jesucristo, Tania Zepeda
